RETROALIMENTACIÓN CONSTRUCTIVA

RETROALIMENTACIÓN CONSTRUCTIVA

Su importancia, retos y cómo impartirla

Ing. Gerardo Guemez Sarre

Muchos hemos estado ahí.

Alguien de nuestro equipo tiene un comportamiento, de pequeño o gran impacto, que sentimos que se debe corregir.

Aparece ese insistente e incómodo cosquilleo en el pecho. Sabemos que hay que decir algo, pero optamos por dejarlo para después. A la mañana siguiente surge una emergencia inesperada. Sin darnos cuenta, la conversación va perdiendo prioridad. Tres días después, decidimos reagendara para la semana entrante. Eventualmente, nos convencemos de que será mejor tratar el tema en la evaluación anual y, cuando por fin nos sentamos con el colaborador, la retroalimentación ya perdió vigencia y la dejamos pasar.

Pero el cosquilleo continúa.

Dar retroalimentación —entendida como la información que se le proporciona a una persona sobre su desempeño o comportamiento con el propósito de guiar, reforzar o mejorar resultados futuros— es clave para evitar que pequeñas desviaciones de hoy se conviertan en problemas grandes mañana.

Hay muchas clases de retroalimentación: entre amigos, entre pares, en coaching, informal, formal, positiva, correctiva, etcétera. No todas requieren el mismo tono ni la misma estructura. Este artículo se enfoca exclusivamente en la retroalimentación que un líder debe dar cuando necesita alinear un comportamiento o desempeño observable dentro de la operación.

Y justo esa es la más incómoda.

La retroalimentación correctiva puede sentirse complicada, cargada de emociones y con el riesgo de percibirse como crítica. Existe el temor de dañar la relación. Por eso se evade o, cuando por fin se tiene al colaborador enfrente, las palabras se salpican como si uno trajera el pie en la boca. La conversación termina cayendo más pesada que tacos de tripita, o tan ligera que el receptor sale confundido sin siquiera darse cuenta de que fue retroalimentado.

Se da poco. Y lo poco que se da, con frecuencia no sirve de mucho.

De acuerdo con Gallup, solo el 26% de los empleados dice que la retroalimentación que recibe le ayuda a hacer mejor su trabajo, y apenas el 14% siente que sus evaluaciones de desempeño lo inspiran a mejorar.

El problema de fondo no es únicamente que la retroalimentación se omita o se dé de manera vaga. El problema es que, en ambos casos, las expectativas quedan borrosas. Y si el equipo no tiene claridad sobre hacia dónde hay que navegar el barco, lo más probable es que termine a la deriva.

Bien aplicada, en cambio, la retroalimentación es una de las herramientas más útiles para mantener la operación alineada y enfocada. Así como el carpintero tiene su serrucho o el cocinero su sartén, el líder cuenta con la retroalimentación para aclarar expectativas y la investigación en psicología organizacional muestra que dicha claridad de expectativas es uno de los predictores más fuertes de desempeño.

A lo largo del tiempo han surgido distintas teorías sobre la mejor manera de retroalimentar. En los años ochenta se popularizó la técnica del “sándwich”: empezar con algo positivo, meter la corrección en medio y cerrar con otro comentario positivo. La técnica fue muy popular, pero la evidencia sobre su efectividad es limitada y mixta. En la práctica, suele fallar cuando diluye el mensaje o vuelve artificiosa la conversación.

El objetivo de este artículo es compartir recomendaciones actuales, basadas en hallazgos de psicología, administración y práctica organizacional. No pretende ofrecer una receta secreta e infalible, pues cada contexto tiene su propia complejidad y exige criterio. Mas bien, es un marco útil que le ha funcionado a otros y que, con algo de suerte y buen juicio, también puede ayudar al lector.

¿Cuáles son los diferentes estilos de retroalimentación?

Existen distintos patrones de comportamiento frente a las incómodas retroalimentaciones correctivas. Todos son comunes. Pocos son efectivos.

El Evasivo.
Prioriza la paz por encima de todo. Le huye a la retroalimentación por miedo a que el otro se vaya a molestar y se afecte la relación.

El Endulzador.
Intenta mantener la paz restándole importancia a la conversación. Empieza y termina pidiendo disculpas, minimiza el asunto y, a veces, hasta lo presenta como encargo ajeno: “me pidieron que te comentara…”

El Creador de Mini-me.
Quiere convertir a todos en pequeñas versiones de sí mismo. Corrige cuanto detalle considera mejorable y confunde liderazgo con clonación.

El Ambiguo.
No sabe cómo entrarle al tema. Le da vueltas, cambia de carril, regresa, titubea, y al final el receptor sale con cara de signo de interrogación.

El Impulsivo.
Ve la retroalimentación como un ejercicio catártico. Aprovecha la conversación para desahogar frustraciones, sube el volumen, se acelera y termina aventando más emoción que ideas aprovechables.

El Acumulador.
No dice nada durante semanas o meses… hasta que un día explota. Es un evasivo con achaques de impulsivo.

El Constructivo.
El más efectivo. Da retroalimentación continua, clara, empática y estructurada. Comunica expectativas sin perder humanidad y genera compromisos por ambas partes.

Todos hemos caído en más de uno de estos estilos en algún momento. Hasta el líder más ilustrado tiene sus cinco minutos de impulsividad. El reto no es volverse perfecto, sino aprender a tender, cada vez un poquito más, hacia un estilo constructivo.

Iniciemos con una pregunta:

¿Para qué quiero retroalimentar?

La primera falla de muchas retroalimentaciones desvirtuadas, más que la técnica, es de intención.

¿Para qué quiero retroalimentar?

¿Para qué quiero, verdaderamente, retroalimentar?

Puede ser para ventilar el enojo, desquitar una frustración, porque Recursos Humanos lo está pidiendo, porque se quiere microcontrolar, porque pica el ego urge que el otro piense como yo.

Una retroalimentación constructiva surge de un deseo genuino de ayudar al otro a crecer. No de exhibirlo, no de adoctrinarlo, no de demostrar poder, sino de ayudarlo a crecer. La retroalimentación, en su mejor versión, es una conversación de desarrollo. Sin ese punto de partida, cualquier técnica nace coja.

¿Qué quiero retroalimentar?

No todo comportamiento amerita una retroalimentación formal. En ocasiones, por su contexto, lo que corresponde no es retroalimentar, sino sugerir o simplemente informar.

Hay tres conceptos que se parecen, suenan parecido y pueden convivir dentro de una misma organización, pero son universos aparte: retroalimentar, sugerir e informar.

La retroalimentación la imparte quien tiene la autoridad formal o la legitimidad suficiente dentro de la relación para hacerlo. Señala un comportamiento o desempeño que debe modificarse, explica su impacto y plantea una expectativa clara.

La sugerencia o solicitud, comparte una experiencia, opinión o petición que podría beneficiar al otro. El receptor es libre de tomarla o dejarla, y quien la ofrece tiene que aceptar esa libertad con gracia, aunque por dentro le haga gestos el hígado.

La información comunica datos duros sobre una política, reglamento, proceso o expectativa, sin convertirlo en juicio personal ni en evaluación de desempeño.

¿Por qué importa esta distinción?

Porque muchas conversaciones salen mal desde antes de empezar: se presentan como retroalimentación cuando en realidad eran sugerencias, o se cargan de emoción cuando lo único que tocaba era informar.

Si no se cuenta con autoridad formal o con suficiente legitimidad dentro de la relación, corresponde ofrecer una sugerencia/petición y aceptar la decisión del otro.

Si el comportamiento deseado queda fuera de las responsabilidades del puesto del receptor, lo prudente también es sugerir o solicitar (según el contexto), no retroalimentar.

Si no existe una consecuencia relevante derivada del comportamiento o desempeño, quizá no haga falta armar una conversación correctiva; tal vez basta con una sugerencia puntual.

Si el asunto no es un problema de desempeño o resultados real, sino simplemente una diferencia de estilos, es más sano sugerir que corregir.

Y si se trata de un hecho duro, objetivo y bien documentado en políticas, procesos o reglas, a veces conviene limitarse a informar dichas políticas y la importancia del apego, sin volver la conversación personal.

En cambio, cuando sí existe autoridad o legitimidad suficiente, cuando el asunto implica un comportamiento o desempeño con consecuencias claras, y cuando ese tema está dentro de las responsabilidades del puesto, entonces sí corresponde proceder con retroalimentación correctiva… de preferencia, de manera constructiva.

Cómo ofrecer retroalimentación constructiva para que sea útil

Dar retroalimentación constructiva, esa que logra transmitir el mensaje sin picotear egos innecesariamente, no es una habilidad reservada para líderes con magnetismo natural, labia celestial o ceja perfectamente levantada. Es una metodología que se puede aprender, aunque requiere ciertos encuadres y pasos claros.

1) Conoce bien tu estado emocional y el de quien recibirá la retroalimentación

Dar retroalimentación puede convertirse en un auténtico partido de ping-pong emocional. Por eso hace toda la diferencia tener suficiente autoconocimiento para anticipar y regular la temperatura de la conversación.

Quien retroalimenta debe fungir como termostato emocional: fijar y mantener la temperatura adecuada, bajándola si empiezan los enojos o subiéndola si la conversación se vuelve evasiva, superficial o minimizante.

Regula la temperatura con tu corporalidad. ¿Cómo estás sentado? ¿Qué expresan tus manos? ¿Tu postura comunica amenaza, superioridad, informalidad o curiosidad?

Regula la temperatura con tu voz. ¿El volumen permite ser escuchado sin sonar a regaño? ¿La cadencia es pausada? ¿El tono comunica firmeza, empatía o amenaza?

El viejo refrán mexicano no se equivoca: el que se enoja, pierde.

2) Escoge el lugar y el momento adecuados

La retroalimentación debe ser parte de la operación diaria y no reservarse exclusivamente para la evaluación anual de desempeño. Estos son eventos distintos, con propósitos distintos, que se confunden más seguido de lo que convendría.

La evaluación del desempeño revisa métricas y resultados definidos con anterioridad, dentro de una cadencia más formal.

La retroalimentación, en cambio, debe ocurrir conforme se presentan las vicisitudes de la operación, en tiempo real.

La retroalimentación se da poco tiempo después del evento, antes de que se vuelva obsoleta, pero lo suficientemente apartada como para que se haya bajado la adrenalina y exista espacio mental para pensar.

Se da en privado. No frente a terceros. No para alimentar el radio-pasillo.

Y no se mezcla con asuntos ajenos. Cuando se combinan temas importantes con otros triviales, la mente termina ignorando unos o perdiéndose entre todos.

3) Tono y dinámica: sé duro con los asuntos, pero suave con las personas

Si se es demasiado duro hacia la persona, se levantan defensas y la conversación se convierte en un pleito de box verbal, lleno de izquierdazos, bloqueos y evasiones.

Si, por el contrario, se es demasiado blando, la claridad se deslava y el retroalimentado puede salir sin entender qué se espera de él.

¿Cómo encontrar el equilibrio?

Roger Fisher, académico de Harvard y coautor de Getting to Yes, propuso una alternativa: ser duro con el problema, pero suave con las personas.

Ese tono debe permear en toda la conversación. El problema es el comportamiento, el resultado y la consecuencia; no la esencia de la persona. El comportamiento es circunstancial. No define a quien lo ejecuta.

Por eso conviene enfocar la conversación en conductas, resultados e impactos, no en etiquetas de identidad.

Dicho eso, ir “suave con las personas” no significa diluir el mensaje. Si hay que escoger entre amabilidad y claridad, hay que escoger ambas. Cuida la relación, pero conserva la nitidez del mensaje.

4) Solicita entrada

La retroalimentación puede iniciar con una pregunta cerrada para solicitar entrar al tema.

Por ejemplo

“¿Te puedo compartir unas observaciones sobre la reunión de ayer?”

o

“¿Te puedo compartir mis comentarios sobre el reporte que me entregaste?”

Esto logra varias cosas:

  • Le avisa al receptor que viene una conversación importante.
  • Le permite prepararse mentalmente para escuchar.
  • Establece un acuerdo entre las partes para proceder con la conversación
  • Establece un tono más colaborativo y menos sorpresivo.

No elimina todas las barreras, pero ayuda a bajar la guardia inicial.

5) Usa el formato COCEER

Para estructurar la conversación, puede utilizarse el acrónimo COCEER:

C – Contexto
O – Observación
C – Consecuencia
E – Expectativa
E – Escucha
R – Resolución

Contexto

Compartir el contexto permite que el receptor tenga la película completa. Aquí entran antecedentes, tiempos, eventos relevantes y, de ser necesario, políticas, procesos, contratos o lineamientos relacionados con el tema a tratar.

Observación

Aquí es donde la mayoría de las retroalimentaciones se tuercen.

Para ser constructiva, la observación debe apoyarse lo más posible en conductas observables, ejemplos concretos e impactos verificables, y no quedarse únicamente en juicios vagos o interpretaciones subjetivas personales.

Sin embargo, las percepciones subjetivas son inevitables en la vida organizacional, y son frecuentemente aquello de lo cual se quiere retroalimentar.  Expresiones como “tienes mala actitud”, “tu presentación fue aburrida” o “tu reporte no está claro” pueden ser ciertas como experiencia personal, pero son más propensas a detonar defensas porque se sienten ambiguas o atacan directamente a la persona.

En estos casos, dentro de lo razonable, hay tres sugerencias:

  • Corroborar con terceros si se trata de una percepción compartida y no de una reacción aislada. (¿Sólo yo me aburrí o fue el auditorio completo?)
  • Traducir la percepción subjetiva en consecuencia observable.
  • Reducir, cuando se posible, referencias que lo hagan innecesariamente personal.

En vez de decir:

“Tu reporte no está claro”

se puede decir:

“El reporte generó confusión: ni yo ni el contador logramos identificar con claridad el propósito del proyecto.”

O, en vez de:

“Tu presentación fue aburrida”

se puede decir:

“Durante la presentación, el equipo de ventas perdió atención y varios puntos clave no fueron captados”

o, en vez de:

“Tienes mala actitud”

se puede decir:

“La mitad de tu equipo reporta sentir tensión al entrar a la oficina por la manera en que les hablas.”

Decirle a alguien “eres agresivo” es una etiqueta. Decir “tu comentario dejó llorando a la recepcionista” es una observación sobre un efecto concreto.

Puede que no siempre se pueda convertir una percepción en una observación objetiva, pero si es posible redactarla de manera más concreta, verificable y menos personalizante.

Consecuencia

El siguiente paso es aclarar cuál es el daño que el comportamiento está causando (o el beneficio del que se está perdiendo), ya sea para la operación, el equipo, el cliente o el propio receptor.

Por ejemplo:

“Si el reporte se envía así, se puede generar confusión sobre el propósito del proyecto.”

“El estilo actual de la presentación hace que el equipo se distraiga y pierda información importante.”

“La manera en que te estás comunicando está fracturando la comunicación del área y lastimando el clima laboral.”

Expectativa

Mientras más clara se plantee la expectativa, mejor. En la medida de lo posible, conviene que incluya los elementos de un objetivo M.A.R.T.E.:

  • Medible
  • Alcanzable
  • Relevante
  • Temporal (acotada dentro del tiempo)
  • Específica

Si aplica, la expectativa puede enriquecerse con sugerencias derivadas de la experiencia del líder.

Y, en ciertos casos, con gente muy defensiva, también puede ayudar formularla, en lugar de como una instrucción, como una solicitud de apoyo:

“Ayúdame a que el mensaje quede más claro.”

“Ayúdame a mejorar el clima laboral de tu equipo.”

Eso puede bajar defensividad, siempre y cuando no diluya la responsabilidad.

Escucha

La etapa más compleja de todas.

Aquí ya no se pretende soltar el mensaje y salir corriendo como quien lanza una granada y se esconde atrás del archivero. Se trata de abrir espacio para que el otro piense, responda, aclare, explique y participe en la solución.

Se abren las puertas con preguntas como:

“¿Qué opinas al respecto?”

“¿Cómo lo ves tú?”

“¿Qué crees que está pasando?”

“¿Cómo lo solucionarías?”

Y luego, se calla y se escucha.

Escuchar implica presencia real. Sin celular, sin correos, sin mirada perdida en la estratósfera. Implica curiosidad genuina por entender el razonamiento del otro. Implica parafrasear para corroborar que se ha entendido correctamente el punto de vista. Y, quizá lo más retador, implica suspender juicios por un momento.

La cereza del pastel suele ser la pregunta:

“Y yo, ¿cómo te puedo apoyar? ¿Qué necesitas de mí? ¿Qué recursos necesitas para cumplir con lo que te estoy pidiendo?”

Ahí la conversación deja de ser solo correctiva y empieza a convertirse en una conversación de peticiones, ofertas, ajustes y responsabilidad compartida.

Resolución

Por último, se acuerdan compromisos concretos.

El haber planteado una expectativa no equivale a cerrar un acuerdo. Pensar “ya se lo dije, entonces así va a pasar” es una fantasía optimista.

Un compromiso se genera hasta que lo verbaliza quien se compromete.

Inicia el retroalimentador con sus compromisos propios, basado en lo comentado durante la escucha:

“Yo me comprometo a X, Y, Z.”

Y después proseguir con una pregunta abierta:

“Y tú, ¿a qué te puedes comprometer?”

Si el receptor responde con vaguedad, evasión o poca alineación, puede ser necesario aterrizar con una pregunta más cerrada:

“¿Te puedes comprometer a llegar puntualmente a las 8:00 a.m. de aquí en adelante?”

¿Qué hacer en caso de objeciones?

Es de esperarse que haya resistencia. Precisamente es por esto que las conversaciones incomodan tanto.

Algunas formas frecuentes de “objecionar” son las siguientes:

Interrumpe y no deja avanzar

Si el receptor interrumpe una y otra vez con justificaciones y distracciones, se puede respetuosamente interrumpir la interrupción:

“Un favor: me interesa mucho entender tu punto de vista, pero para que tengas la foto completa, permíteme terminar lo que quiero decir y luego te doy toda mi atención.”

Le avienta la culpa a otros

Aquí la conversación amenaza con convertirse en un juego de papa caliente donde todos son culpables menos quien está siendo retroalimentado.

Escucha los argumentos. Tómalos en cuenta. Pero no permitas que desvíen el propósito central.

Separa culpa de responsabilidad. Investigar quién tiene más culpa puede ser un callejón sin salida. Identificar quién es responsable de resolver el problema es otra cosa mucho más clara.

Una frase útil puede ser:

“No sé quién tiene más culpa. Independientemente de ello, lo que sí está claro es que tú eres responsable de solucionar el problema.”

Se justifica por circunstancias externas

Un mal resultado puede estar influido por factores externos. Por eso hay que escuchar las posibles causas que hayan generado el comportamiento o el desempeño desfavorable. A veces las explicaciones aportan información valiosa y ayudan a diseñar estrategias futuras. Pero, una cosa es explicación y otra justificación.

Si la persona es responsable del resultado, parte de su trabajo consiste precisamente en responder con criterio, creatividad e iniciativa ante entornos cambiantes. Al igual que en el caso anterior, se escucha, pero se sigue siendo responsable. Es parte de la descripción del puesto.

No acepta la retroalimentación y se rehúsa a comprometerse

Este es el escenario más complejo. Se requiere criterio para discernir si uno está siendo injusto o si el otro está demasiado a la defensiva. Y, para ser honestos, muchas veces la verdad se coloca en algún punto incómodo entre ambos extremos, pero la retroalimentación no es jugarle al Sherlock Holmes.

Si es necesario, aceptable y conveniente, ajusta la expectativa.

Sube medio grado la firmeza. Anuncia nuevamente la expectativa. Afirma tu confianza en sus capacidades. Aclara que se trata de un requerimiento del puesto. Reitera tu disposición a apoyar.

Y si aun así no hay apertura ni compromiso, el líder debe clarificar consecuencias laborales y siguientes pasos con firmeza, proporcionalidad y autoridad legítima.

Por último si hay conflicto severo, patrones repetidos, riesgos legales o posible afectación de salud mental, la conversación debe escalarse o acompañarse de Recursos Humanos o de las instancias pertinentes.

Prepárate para la sesión

La última recomendación es, en la práctica, la primera.

Las conversaciones emocionalmente cargadas rara vez favorecen la claridad mental. Por ello, conviene dedicar unos minutos a ordenar ideas antes de iniciar.

Preguntas útiles para prepararte:

  • ¿Cuál es el punto concreto que quiero retroalimentar?
  • ¿Esto requiere retroalimentación, sugerencia o información?
  • ¿Tengo autoridad formal o legitimidad suficiente para dar esta conversación?
  • ¿Está este tema dentro de las responsabilidades del receptor?
  • ¿El comportamiento es realmente problemático o simplemente distinto a mi estilo?
  • ¿Cuál es el contexto?
  • ¿Cuál es mi observación y cómo la puedo expresar con claridad, sin cargarla innecesariamente de juicio?
  • ¿Cuál es la consecuencia del comportamiento?
  • ¿Cuál es mi expectativa?
  • ¿La puedo formular con criterios tipo M.A.R.T.E.?
  • ¿A qué me voy a comprometer yo para apoyar?
  • ¿Qué objeciones podría recibir?
  • ¿Cómo las voy a manejar?
  • ¿Qué consecuencias reales existen si no hay cambio?
  • ¿Tengo la autoridad para hacerlas valer?

Conclusión

Retroalimentar no tendría por qué ser una actividad evadida. Al contrario, es una de las principales herramientas con las que un líder comunica expectativas, corrige rumbo y mantiene a su equipo dentro del riel.

La clave está en el enfoque.

La retroalimentación no debería ser un ejercicio de regaño, ni una descarga emocional, ni un intento de imponer estilo personal. En su mejor versión, es una conversación de desarrollo: clara, empática y asertiva, que ayuda a alinear expectativas sin perder de vista la dignidad de la persona.

Bien llevada, no solo corrige. También fortalece.

Y, de vez en cuando, hasta evita incendios que todavía no sabíamos que venían en camino.

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